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El error de tomar la literatura como referencia
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- Written by: Elias Letelier-Ruz
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Cuando el poeta toma a la literatura como referencia, no se aparta del mundo: lo reorganiza, lo somete a una mirada que desarma sus apariencias y revela sus tensiones ocultas. Reniega de la realidad solo en la superficie, pues en el fondo la interroga con mayor rigor que cualquier cronista. La maravilla de *Don Quijote* no reside únicamente en su juego irónico, sino en la creatividad con la cual se enfrentan dos fuerzas fundamentales del pensamiento humano: el idealismo que levanta horizontes imaginarios y el materialismo que los confronta con la dureza de lo concreto. Allí, en ese choque, Cervantes instala un laboratorio donde se examinan los límites y posibilidades de lo humano.
Para estudiar una obra así existen múltiples herramientas: la mirada creativa, la filosófica, la histórica, la filológica. Y es especialmente significativo que, en aquel periodo, se agitara una revolución intelectual que oscilaba entre el antiaristotelismo y la irrupción cartesiana del *cogito ergo sum*, una frase que inaugura una nueva forma de situarse frente al mundo. La literatura, en ese contexto, no es un adorno: es un territorio donde se disputan los modos de comprender la existencia y de organizar el pensamiento.
Estudiar la literatura —toda forma creativa, toda forma de reflexión— constituye un enriquecimiento inconmensurable, porque nos permite comprender el estado anímico, conceptual y emocional del ser humano en un periodo determinado. Nos abre la puerta a los instrumentos con los cuales cada época intenta expresar, defender o reformular su noción de realidad y de avance. En cada obra late una tensión entre lo que el mundo es y lo que podría llegar a ser; en cada gesto creativo se cifra una respuesta a la pregunta por el sentido y por la forma de habitar el tiempo.
Hoy podemos dialogar con Marx, con Spinoza, con Engels, con Aristóteles, con Descartes, no desde la obediencia a sus sistemas, sino desde la perspectiva que nos otorga nuestra propia época. Podemos responderles con las nociones de realidad que poseemos ahora, y no con las de ayer, pues ese trabajo —el de interpretar su tiempo desde su tiempo— ya está cumplido. Lo que nos corresponde es otra tarea: interrogar su legado desde la conciencia contemporánea, con sus fracturas, sus avances, sus sombras y sus luces.
La exégesis, si bien es un instrumento para analizar e interpretar un texto, también puede convertirse en una herramienta para estudiar la realidad misma. Porque la realidad, como el texto, exige ser leída, descifrada, interpretada. Y aunque muchos sostengan lo contrario, en el campo de las ideas no prevalece quien impone su voz, sino quien es capaz de construir un pensamiento sólido, sustentado en los recursos creativos que elabora para reflejar su mundo interior y el mundo externo que intenta comprender.
De pronto nos vemos atrapados en la insensatez de discutir si el poeta crea o no crea, como si la creación fuera un privilegio de unos pocos y no una forma natural de elaborar sentido. Más absurdo aún es pretender separar al poeta comprometido del no comprometido, como si fuera posible evadirse de la realidad, como si existiera un territorio donde la conciencia pudiera refugiarse sin ser tocada por la historia, la injusticia, la memoria o la esperanza. Uno hablará de un mundo abstracto, el otro de los campos de guijas y sin cultivos; pero ambos, sin excepción, están inscritos en la misma trama de lo real.
¡Estamos divididos!
Y seguiremos divididos mientras persista aquello que muchos desean callar: la cobardía y la traición, dos fuerzas silenciosas que atraviesan nuestras disputas, nuestras estéticas, nuestras fidelidades y nuestras rupturas.
Por la reconstrucción técnica de la clase trabajadora
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- Written by: Elias Letelier-Ruz
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La historia del movimiento obrero en Chile demuestra que la lucha por los medios de comunicación ha sido siempre una lucha por la capacidad de existir políticamente. La toma de control de la palabra impresa fue un acto legítimo y necesario, que exigió la construcción de una fuerza técnica propia. Recabarren no se limitó a utilizar la imprenta: la integró en la estrategia del movimiento obrero, convirtiéndola en un instrumento de organización, conciencia, defensa cultural y lucha anticapitalista.
En ese proceso, la educación y la formación de cuadros técnicos adquirieron un carácter existencial. Aprender a imprimir, editar y difundir no era un oficio accesorio, sino una forma concreta de intervenir en la historia, con la materialidad de la palabra. La creación de especialistas y tecnócratas al servicio del movimiento buscaba canalizar con precisión la voz de la clase trabajadora y dotarla de herramientas para sostener su propio proyecto político y cultural.
El siglo XX se abrió con “El despertar de la clase trabajadora”, cuando amplios sectores populares comprendieron que la lucha política requería infraestructura técnica, formación especializada y control de los medios materiales de producción. La clase trabajadora invirtió en imprentas, linotipias, Crisol, periódicos, escuelas obreras y redes de distribución, alcanzando un nivel de organización y de masa sin precedentes. Ese avance, que combinaba conciencia política, disciplina colectiva y capacidad técnica, fue percibido por las élites como una amenaza, enfrentado con extrema violencia, para impedir que la clase trabajadora sostuviera su propio proyecto histórico.
Decir que la prensa recabarrenista es equivalente al computador del siglo XXI es reconocer el lugar estratégico que ocupó la tecnología en la construcción de poder popular. A comienzos del siglo XX, la imprenta y el periódico constituían la infraestructura comunicacional más avanzada disponible para las clases explotadas. En manos del movimiento obrero, estos medios fueron dispositivos de organización, formación política y lucha ideológica, comparables —en su impacto histórico— al rol que hoy cumplen los computadores, las redes digitales y las plataformas de comunicación masiva.
Así como hoy el acceso a la tecnología informática determina quién puede producir conocimiento, intervenir en el espacio público y disputar sentidos, en el mundo recabarrenista la imprenta cumplía esa misma función. Controlar la prensa equivalía a controlar el principal medio de producción disponible; del mismo modo que hoy, para cualquier movimiento social, dominar la tecnología digital es condición para existir políticamente.
Sin embargo, hoy, los herederos de Recabarren —gobernados por tecnócratas que interpretan el sentir de la clase explotada— muestran una incapacidad política para comprender la urgencia de formar cuadros técnicos capaces de producir y recrear los medios de comunicación contemporáneos. No basta con infraestructura material: es necesario dominar los lenguajes, los sublenguajes, metalenguajes y las tecnologías que permiten defender, en el tiempo histórico actual, aquello que se afirma defender.
Por eso surge una pregunta ineludible:
¿dónde están las salas de computación del partido?,
¿dónde está la red interna de servidores interconectados?,
¿dónde está el canal de televisión por internet del partido?
El apoyo técnico, hoy, ha quedado en manos del voluntarismo, y eso no es suficiente. Se requieren políticas serias, planificación rigurosa y un determinismo técnico y organizativo acorde a la realidad contemporánea.
Necesitamos jóvenes revolucionarios que comprendan, asuman y transmitan las responsabilidades necesarias para sostener y proyectar el desarrollo político de la clase trabajadora. No se trata solo de entusiasmo generacional, sino de formar una fuerza capaz de leer el momento histórico, dominar las herramientas técnicas y apropiarse de los lenguajes y sublenguajes que hoy estructuran la comunicación y la producción simbólica. Solo así podrá ampliarse la voz de la clase trabajadora y garantizar que sea ella misma quien hable, con sus propias palabras, desde sus propias experiencias y en defensa de sus propios intereses.
La continuidad histórica de un proyecto emancipador depende de reconstruir la capacidad técnica, cultural y comunicacional de la clase trabajadora. Sin cuadros preparados, sin infraestructura propia y sin dominio de la tecnología, cualquier proyecto político queda a merced de quienes monopolizan los medios de producción y comunicación. Con ellos, en cambio, la clase trabajadora puede volver a hablar con su propia voz y desde su propio horizonte histórico.