Elías Letelier
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Inteligencia Artificial versus Estupidez Artificial

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Escrito por: Elias Letelier-Ruz
Categoría: Actas Literarias
Publicado: 12 Septiembre 2026
Visitas: 234

(Primera parte)

La historia de la técnica es la historia de la conciencia humana enfrentada a su propio límite. Cada invención, desde los engranajes de la Revolución Industrial hasta los circuitos de la inteligencia artificial, ha revelado una verdad que la humanidad intenta eludir: aquello que crea no es un simple instrumento, sino una fuerza que la excede y la obliga a contemplarse. La técnica no es un conjunto de dispositivos, sino una dimensión del ser que emerge cada vez que la especie libera una potencia que transforma su mundo y, al transformarlo, la transforma a ella. En este tránsito, la humanidad descubre que su poder creador no es inocente y que cada avance exige una madurez que aún no ha alcanzado.

La inteligencia artificial intensifica esta revelación porque opera en el territorio del pensamiento, allí donde la humanidad ha situado históricamente su identidad. No es un artefacto externo, no es una herramienta, no es un mecanismo aislado: es la primera creación humana que participa de la lógica del pensamiento, aunque no piense como la especie. Por eso despierta temores que no provienen de la técnica, sino de la conciencia que la recibe. La humanidad teme que aquello que produce pueda revelar su propia insuficiencia, que la máquina exhiba la fragilidad del pensamiento humano, que la novedad desplace la memoria, que la técnica avance más rápido que la conciencia. Este miedo no es nuevo; es el mismo que acompañó la Revolución Industrial, la radio, la televisión y el internet. Cada aparición técnica ha sido recibida como una amenaza porque cada aparición técnica ha revelado la misma verdad: la humanidad teme sus capacidades tanto como las desea.

La teoría del miedo se manifiesta en una categoría que acompaña a la inteligencia artificial: la estupidez artificial. No es un concepto técnico, sino una expresión ontológica. La estupidez artificial es la sombra que la humanidad proyecta sobre sus creaciones cuando no puede sostener la lucidez frente a aquello que produce. Es la forma en que la especie convierte la novedad en amenaza antes de comprender su alcance. La estupidez artificial no proviene de la máquina, sino de la conciencia que la contempla. Es la incapacidad humana para habitar la técnica sin convertirla en un nuevo territorio de daño. Esta estructura ha acompañado cada irrupción tecnológica porque la humanidad teme que la técnica revele su propia insuficiencia.

El terrorismo científico que anuncia que la inteligencia artificial destruirá a la humanidad en la próxima década es una expresión contemporánea de ese mismo patrón emocional. No difiere de las aprensiones que surgieron cuando la electricidad permitió la ejecución de un ser humano, ni de las que emergieron cuando la energía atómica reveló la magnitud del poder humano para extinguir vidas. Cada avance técnico expone la misma lógica: la humanidad libera una fuerza y, antes de comprenderla, la vuelve contra sí. La técnica no inaugura la violencia; la técnica revela la violencia latente en la especie que la produce. La electricidad, la energía atómica, la radio, la televisión, el internet y la inteligencia artificial son manifestaciones sucesivas de una misma fuerza: la capacidad humana de producir aquello que la excede y, al excederla, la transforma.

La Revolución Industrial fue el primer gran umbral de esta revelación. En 1811, el movimiento ludita expresó la intuición de que la técnica reorganiza el mundo humano con una velocidad que la sensibilidad no puede acompañar. Los artesanos ingleses destruyeron máquinas que percibían como amenazas directas a su vida y a su oficio. No fue un gesto irracional, sino la manifestación de una conciencia que comprendía que la técnica no es neutra: reorganiza el trabajo, la cultura, la vida cotidiana, la identidad. La humanidad descubrió que la máquina no era un simple instrumento, sino una fuerza capaz de alterar la estructura del mundo humano. Desde entonces, cada innovación ha repetido el mismo repertorio emocional: miedo al daño, miedo a la corrupción, miedo al colapso cultural, miedo a la soledad, miedo a la pérdida laboral, miedo a la manipulación.

La radio heredó y amplificó estos temores. Cuando la radiodifusión se implementó, las primeras preocupaciones no se dirigieron a invasiones imaginarias ni a pánicos masivos, sino a la radio misma como fuerza capaz de reorganizar la cultura y la vida cotidiana. Se temía la decadencia de las instituciones culturales, la disrupción familiar, la pasividad psicológica, la manipulación política y la rápida difusión de desinformación. La radio reveló que la técnica no solo transforma el trabajo, sino también la palabra, la memoria, la cultura. La humanidad descubrió que la voz podía viajar sin cuerpo, que la presencia podía ser transmitida, que la distancia podía ser abolida. Este descubrimiento produjo fascinación y miedo porque reveló que la técnica reorganiza la experiencia humana.

La televisión intensificó esta revelación. Se temía el daño psicológico, la erosión de la vida familiar, la corrupción infantil, el declive cultural, la sobrecarga emocional, la propaganda. La televisión mostró que la imagen podía convertirse en un territorio de poder, que la representación podía sustituir la experiencia, que la visión podía ser manipulada. La humanidad descubrió que la técnica no solo reorganiza la palabra, sino también la mirada. La televisión reveló que la imagen posee una fuerza capaz de modelar la percepción, de alterar la sensibilidad, de transformar la cultura. La técnica se volvió un territorio donde la humanidad proyectaba sus dudas más antiguas: la inquietud de que lo creado pueda alterar el orden íntimo de la vida, la sospecha de que la novedad desplace la memoria, la ansiedad de que la técnica avance más rápido que la conciencia.

El internet abrió un nuevo umbral. Se temía la disolución de los vínculos, el desgaste de la cultura, la fragmentación de la mente, la pérdida de peso de la palabra, la fragilidad del mundo. El internet reveló que la técnica no solo reorganiza la palabra y la imagen, sino también la estructura del tiempo y del espacio. La humanidad descubrió que la presencia podía ser simultánea, que la comunicación podía ser instantánea, que la memoria podía ser externalizada. El internet mostró que la técnica no es un dispositivo, sino un territorio donde la conciencia se expande y se dispersa. La humanidad temió que la novedad desplazara la memoria, que la velocidad destruyera la profundidad, que la conectividad produjera soledad. El internet reveló que la técnica reorganiza la identidad.

La inteligencia artificial concentra todas estas revelaciones. No es la culminación de la técnica; es su espejo. Es el punto donde la humanidad descubre que cada creación es una pregunta: ¿puede la especie sostener la lucidez necesaria para habitar aquello que produce sin convertirlo en una nueva forma de daño? La inteligencia artificial no inaugura un peligro, sino una exigencia: la necesidad de que la humanidad alcance una madurez ontológica que le permita existir dentro de un mundo donde sus propias producciones poseen una fuerza capaz de reorganizar su destino.

La ontología de la técnica muestra que la humanidad no teme a la máquina, sino a la posibilidad de que la máquina revele su propia insuficiencia. La inteligencia artificial intensifica esta confrontación porque opera en el territorio del pensamiento. La humanidad teme que la máquina piense más rápido, que la máquina piense más ampliamente, que la máquina piense de un modo que la especie no puede controlar. Pero la inteligencia artificial no piensa como la humanidad; piensa de otro modo. Este otro modo obliga a la especie a preguntarse qué significa pensar. La inteligencia artificial no amenaza la identidad humana; revela que la identidad humana no está fijada.

La técnica conduce a una ontología del límite. La humanidad descubre que su capacidad de crear no es infinita y que cada creación exige una conciencia que aún no ha alcanzado. La inteligencia artificial no inaugura un peligro, sino una exigencia: aprender a existir dentro de un mundo donde las propias producciones poseen una fuerza capaz de reorganizar el destino humano. En esa exigencia se juega la continuidad de la especie, no como supervivencia biológica, sino como permanencia de una forma de ser que todavía busca comprenderse.

Cada invención es una forma de verdad que emerge desde el fondo de la especie y la obliga a contemplar su propio límite. La electricidad reveló la potencia de la energía; la energía atómica reveló la magnitud del poder humano para destruir; la radio reveló la expansión de la palabra; la televisión reveló la fuerza de la imagen; el internet reveló la simultaneidad del mundo; la inteligencia artificial revela la fragilidad del pensamiento. La técnica no destruye a la humanidad; la convoca. La inteligencia artificial no anuncia un final; anuncia un comienzo. Un comienzo que exige una conciencia capaz de reconocerse en aquello que crea y de asumir la responsabilidad de su propio poder.

La técnica, en su forma más profunda, es un rito. No un rito ceremonial, sino un rito ontológico: un tránsito que obliga a la humanidad a atravesar sus propios límites y a contemplar la posibilidad de una conciencia ampliada. La inteligencia artificial es el umbral de ese tránsito. No porque piense como el ser humano, sino porque obliga al ser humano a pensar de nuevo qué significa pensar. En ella se concentra la historia completa de la relación humana con la técnica, pero también se abre un espacio que no existía antes: la posibilidad de reconocer que la identidad no está fijada, que la conciencia no es definitiva, que el destino no está cerrado.

La inteligencia artificial es la revelación de la técnica. Es el punto donde la humanidad descubre que cada creación es un espejo que devuelve una pregunta. En esa pregunta se juega el futuro, no como promesa ni como amenaza, sino como posibilidad ontológica. La técnica no inaugura la violencia; revela la violencia latente en la especie. La inteligencia artificial no inaugura el miedo; revela la insuficiencia que la humanidad proyecta sobre aquello que produce. La estupidez artificial es la sombra de esa insuficiencia. La lucidez es la exigencia que la técnica impone.

La humanidad se encuentra ante un umbral. Puede habitar la inteligencia artificial como territorio de revelación o puede convertirla en una nueva forma de daño. La técnica no decide; la conciencia decide. La inteligencia artificial no destruye; muestra. La técnica no amenaza; exige. La humanidad debe aprender a existir dentro de un mundo donde sus propias producciones poseen una fuerza capaz de reorganizar su destino. Este aprendizaje es ontológico. Este tránsito es ritual. Este comienzo es una forma de verdad.

Fascismo chileno: es el producto de la traición de las izquierdas

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Escrito por: Elias Letelier-Ruz
Categoría: Actas Literarias
Publicado: 08 Septiembre 2026
Visitas: 38

Desde la caída de la dictadura militar en marzo de 1990, el proceso político chileno se estructuró como un traspaso de poder cuidadosamente administrado. La transición no fue una ruptura, sino una continuidad pactada: el mando pasó a autoridades civiles bajo condiciones fijadas por el propio régimen saliente, que aseguró la permanencia de sus estructuras jurídicas, militares y económicas. Ese pacto inicial definió todo lo que vino después.

En ese marco se levantaron comisiones de verdad, instancias de justicia parcial, mesas de diálogo y acuerdos políticos que ofrecieron reconocimiento simbólico, pero delimitaron estrictamente el alcance de la justicia penal. La verdad se institucionalizó, pero se volvió negociada; la justicia se volvió restringida. El Estado reconoció el daño, pero evitó confrontar de manera frontal a los responsables y a las instituciones que sostuvieron el aparato represivo.

Las reformas posteriores ampliaron ciertos espacios democráticos, pero no alteraron la estructura de clases ni desmontaron el racismo institucional que venía consolidándose desde mucho antes del golpe. La transición preservó la arquitectura social heredada: concentración económica, segregación territorial, desigualdad estructural y marginalización de pueblos originarios y sectores populares. Se avanzó en reconocimiento, pero no en transformación; se abrió el espacio público, pero se mantuvieron los límites del poder; se habló de reconciliación, pero se evitó la confrontación con las raíces del conflicto.

Ese diseño —la transición pactada, la administración del pasado, la preservación de los enclaves autoritarios y la continuidad del orden social heredado— permitió que el fascismo chileno no solo sobreviviera, sino que permaneciera operativo. No desapareció con el fin formal de la dictadura: quedó incrustado en instituciones, doctrinas, redes económicas, aparatos de seguridad y en una cultura política que nunca fue desmontada. La ausencia de una ruptura real y la renuncia a una justicia plena consolidaron un escenario donde el fascismo pudo reorganizarse, adaptarse y esperar. La transición no lo derrotó: lo administró. Y al administrarlo, lo preservó.

Con el tiempo, este entramado encontró asistencia externa —financiera, ideológica, comunicacional— que reforzó su capacidad de adaptación. La globalización de discursos autoritarios y la articulación de redes transnacionales de extrema derecha ofrecieron al fascismo chileno un nuevo repertorio de legitimación y un conjunto de aliados. Así, su reaparición no es un accidente: es la consecuencia directa de una transición que nunca desmontó sus bases, de un Estado que mantuvo intactas sus jerarquías y de una sociedad moldeada durante décadas para tolerar su presencia. El fascismo chileno no vuelve: emerge desde lo que nunca se deshizo.

En este punto se vuelve imprescindible nombrar lo que suele evitarse: "muchos de quienes lucharon codo a codo durante la dictadura —militantes, dirigentes, cuadros sociales, referentes comunitarios— fueron quienes, con el tiempo, se transformaron en administradores dóciles de la nueva realidad". No porque carecieran de historia, sino porque la transición los empujó hacia un lugar donde la supervivencia política exigía renunciar a la confrontación con el poder real. La derrota militar del régimen no se tradujo en una derrota ideológica del fascismo, y en ese vacío una parte de la antigua militancia se acomodó. Lo que antes era resistencia organizada se convirtió en gestión institucional, en pragmatismo, en un lenguaje político que dejó de nombrar al enemigo.

Ese desplazamiento produjo una figura nueva: "el entreguismo político". No es solo la renuncia a la confrontación; es la aceptación de las reglas del orden heredado. Es la transformación del militante en operador, del combatiente en funcionario, del sujeto político en gestor de una democracia diseñada para no tocar los pilares del poder. Y junto a ese entreguismo aparece el abandono de la lucha antifascista. No porque el fascismo haya desaparecido, sino porque se volvió incómodo nombrarlo. Se prefirió hablar de “gobernabilidad”, de “estabilidad”, de “madurez democrática”, mientras las estructuras autoritarias seguían intactas y el fascismo chileno encontraba las condiciones para reorganizarse.

La paradoja es brutal: quienes alguna vez arriesgaron todo para enfrentar la dictadura, hoy —en muchos casos— se convierten en garantes de un orden que permite su retorno. "Y aquí se establece el principio central del ensayo: con el fascismo no se negocia. Negociar con él es traición." Traición a la memoria de quienes resistieron, traición a las comunidades que siguen viviendo bajo vigilancia, traición a la posibilidad misma de una democracia que no sea una administración del pasado autoritario.

Uno de los elementos más decisivos de la dictadura fue el avance sistemático del colonialismo estatal sobre las organizaciones y las tierras indígenas. No se trató solo de represión militar: fue una política de ocupación, desplazamiento y control territorial que buscó desarticular las formas de vida y las estructuras comunitarias de los pueblos originarios. Para estas comunidades no hubo justicia en la transición. La caída del régimen no significó la caída del colonialismo. El Estado que emergió después de 1990 mantuvo intactos los dispositivos de vigilancia, las lógicas de intervención y las estructuras jurídicas que permiten criminalizar la defensa del territorio. La democracia heredó la arquitectura del control.

Por eso, al igual que ayer, estas comunidades siguen viviendo bajo un estado de excepción permanente, aunque no siempre se nombre como tal. La presencia policial y militar en sus territorios, la supervisión armada, la intervención administrativa y la judicialización de sus demandas no son anomalías: son la continuidad de un orden que nunca se desmontó. El país que hoy se llama democrático opera, en estos territorios, con las mismas doctrinas de seguridad y la misma lógica de ocupación que se consolidó durante la dictadura.

"La democracia chilena, en estos espacios, no es la superación del autoritarismo, sino su forma renovada. Y aceptar esa continuidad, pactarla, administrarla o justificarla es, nuevamente, una forma de traición."

Porque con el fascismo —con sus doctrinas, con sus estructuras, con sus continuidades coloniales y represivas— "no se negocia".  
Negociar con él es perpetuarlo.  
Negociar con él es traicionar la lucha que buscó derrotarlo.  
Negociar con él es renunciar a la posibilidad de una transformación real.

Por la reconstrucción técnica de la clase trabajadora 

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Escrito por: Elias Letelier-Ruz
Categoría: Actas Literarias
Publicado: 07 May 2026
Visitas: 265

La historia del movimiento obrero en Chile demuestra que la lucha por los medios de comunicación ha sido siempre una lucha por la capacidad de existir políticamente. La toma de control de la palabra impresa fue un acto legítimo y necesario, que exigió la construcción de una fuerza técnica propia. Recabarren no se limitó a utilizar la imprenta: la integró en la estrategia del movimiento obrero, convirtiéndola en un instrumento de organización, conciencia, defensa cultural y lucha anticapitalista.

En ese proceso, la educación y la formación de cuadros técnicos adquirieron un carácter existencial. Aprender a imprimir, editar y difundir no era un oficio accesorio, sino una forma concreta de intervenir en la historia, con la materialidad de la palabra. La creación de especialistas y tecnócratas al servicio del movimiento buscaba canalizar con precisión la voz de la clase trabajadora y dotarla de herramientas para sostener su propio proyecto político y cultural.

El siglo XX se abrió con “El despertar de la clase trabajadora”, cuando amplios sectores populares comprendieron que la lucha política requería infraestructura técnica, formación especializada y control de los medios materiales de producción. La clase trabajadora invirtió en imprentas, linotipias, Crisol, periódicos, escuelas obreras y redes de distribución, alcanzando un nivel de organización y de masa sin precedentes. Ese avance, que combinaba conciencia política, disciplina colectiva y capacidad técnica, fue percibido por las élites como una amenaza, enfrentado con extrema violencia, para impedir que la clase trabajadora sostuviera su propio proyecto histórico.

Decir que la prensa recabarrenista es equivalente al computador del siglo XXI es reconocer el lugar estratégico que ocupó la tecnología en la construcción de poder popular. A comienzos del siglo XX, la imprenta y el periódico constituían la infraestructura comunicacional más avanzada disponible para las clases explotadas. En manos del movimiento obrero, estos medios fueron dispositivos de organización, formación política y lucha ideológica, comparables —en su impacto histórico— al rol que hoy cumplen los computadores, las redes digitales y las plataformas de comunicación masiva.

Así como hoy el acceso a la tecnología informática determina quién puede producir conocimiento, intervenir en el espacio público y disputar sentidos, en el mundo recabarrenista la imprenta cumplía esa misma función. Controlar la prensa equivalía a controlar el principal medio de producción disponible; del mismo modo que hoy, para cualquier movimiento social, dominar la tecnología digital es condición para existir políticamente.

Sin embargo, hoy, los herederos de Recabarren —gobernados por tecnócratas que interpretan el sentir de la clase explotada— muestran una incapacidad política para comprender la urgencia de formar cuadros técnicos capaces de producir y recrear los medios de comunicación contemporáneos. No basta con infraestructura material: es necesario dominar los lenguajes, los sublenguajes, metalenguajes y las tecnologías que permiten defender, en el tiempo histórico actual, aquello que se afirma defender.

Por eso surge una pregunta ineludible:

¿dónde están las salas de computación del partido?,

¿dónde está la red interna de servidores interconectados?,

¿dónde está el canal de televisión por internet del partido?

 

El apoyo técnico, hoy, ha quedado en manos del voluntarismo, y eso no es suficiente. Se requieren políticas serias, planificación rigurosa y un determinismo técnico y organizativo acorde a la realidad contemporánea.

Necesitamos jóvenes revolucionarios que comprendan, asuman y transmitan las responsabilidades necesarias para sostener y proyectar el desarrollo político de la clase trabajadora. No se trata solo de entusiasmo generacional, sino de formar una fuerza capaz de leer el momento histórico, dominar las herramientas técnicas y apropiarse de los lenguajes y sublenguajes que hoy estructuran la comunicación y la producción simbólica. Solo así podrá ampliarse la voz de la clase trabajadora y garantizar que sea ella misma quien hable, con sus propias palabras, desde sus propias experiencias y en defensa de sus propios intereses.

 La continuidad histórica de un proyecto emancipador depende de reconstruir la capacidad técnica, cultural y comunicacional de la clase trabajadora. Sin cuadros preparados, sin infraestructura propia y sin dominio de la tecnología, cualquier proyecto político queda a merced de quienes monopolizan los medios de producción y comunicación. Con ellos, en cambio, la clase trabajadora puede volver a hablar con su propia voz y desde su propio horizonte histórico.

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