|
El cielo suelta su racimo,
tejiendo
sobre la arena que cosecha el mar, el silencio,
y ya no existes.
Nadie te vio partir,
sólo la carpintería del agua,
de golpe en golpe asistió al funeral de tus pies
y tragó, mordiendo, el océano tu esqueleto.
Bajo la imaginación
carbonífera de la noche,
entre el humo de las oscuras chozas,
pláñido busca tu ausencia y se despide
el pueblo en su soliloquio y se duerme.
Agitas el reposo de todo lo
inmóvil,
con tu sonoridad de muerta,
como el agua que pierde la dentadura en la roca
y se marcha con su ejército cantando. |