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Tengo en la memoria un ave
sombría,
enredada en un atavío invernal a los pies del sol,
y su soledad que gotea como un puñal mortuorio,
al viento, a las flores, y a nadie alcanza.
En el alto refugio de su mies
secreta
se la llevó un Kiwi , por el lecho del océano,
hasta que su danza de pensel se hizo estatua:
como un Dolmen se durmió a orillas del mar.
Amor, volátil naufragio
de otros amores;
no fié mi tacto de burbuja en tu escalera,
sino que lo dejé relegado en el lindero de la noche,
amparado en la resina de un viejo manzano.
Pasé por su lado tantas
veces
y amando lo que otros seres pueden amar,
besé la pétrea nostalgia de su amanecer. |