|
Se da vuelta el mundo en su
abismo
y tú te quedas inmóvil, fijo a lo sombrío,
enredado en el instinto de un pérfido cuchillo,
mientras el eco perdido en la noche,
se pudre con su ambigua superficie.
Tus ojos muertos, con su vacía
candela
de hojarasca, esgrime en el polvo
un imperio lúgubre y azota el magnetismo
de todo lo que sobrevive en la selva.
Tus rumbos quedaron disueltos
entre el colmillo de la hogaza imperial del lodo:
el beso de la arcilla con su lengua descalza,
el manifiesto del Quetzal que caga en el aire
y saluda la libertad cantando,
no estaban presentes para despedirse en tu caída. |