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La furia torrencial de todo
lo que pertenece
al metal, a sus secretos de masa sin oídos,
llega hasta mi granjería trazando su imperio.
Ovicapto el hombre en la faena
del ocaso,
en la selva levanta su cresta de humo,
sacude el músculo y gime bajo la piedra,
hasta que a la fruta tenaz de la vida,
del contorno, gritando separa
y vuelca exánime a la obra del silencio.
Los seres enterrados en órbitas
oscuras,
hechos unos rosarios, de las ramas cuelgan
y al soldado impertérrito y que se toca,
dejan aterido el dolor de un glacial y nada más. |