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Entre el sereno paisaje
de los cuerpos inmóviles,
en medio de la tala
de las vasijas rotas del agua:
Amor de la frontera diurna,
pluma de plata marina,
palacio invernal del fuego,
amanecer del polen en otra copa;
con tu encendida boca de nieve,
llegas golpeando tu cintura entre las hojas,
hecha un rocío hasta el tambor de mi pecho,
y confundes el espíritu bárbaro de mis pasos
entre el torrencial crepúsculo sanguinario
de la artillería y mis hermanos muertos.
Multitudinaria flor de los
acantilados,
distante estatua en un amanecer oscuro:
a tu temporal que vigila nuestra torre,
me aferro entre el gemido de los campanarios
y la lluvia que fleta el follaje. |