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Cada cuando
que cierra los ojos
y en medio de dos linternas oscuras
se queda imaginario,
distante:
entra a la cabalgata del humo
como un caballo de vapor seco,
y se extiende
con la resignación de un naufragio
sobre las fauces de un sueño sin fin.
Y allí,
en la liturgia del contorno,
donde su oscuridad culmina,
hereda el tacto de la fatiga
en el abismo del ojo:
se queda sin sonido
y atareado
entre la quietud de los metales
y la pálida memoria
del mármol carcomido.
Se ha ido lejos,
desierto.
Y en su viaje
por las esquinas
de los huertos sin reposo,
rodado
y cubierto de tenue lluvia,
se despide de cuanto él crea,
y sin darse cuenta
que ya ha partido,
entra al potrero de la muerte
en un viaje sin final. |