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Incógnito pasa el reloj
golpeando su itinerario,
con su monotonía, en una marcha rumbo al olvido;
se parece a tus manos que laboran,
a tus pies circunscritos a un agujero,
a tus ojos que no tiene derecho a soñar.
Yo insisto en quedarme.
Y mientras la piedra con su
granulometría
y su tenaz monopolio de memoria dura,
insonora consolida su musculatura
en el basto ejercicio del concreto;
tú, gritas y tiembla el mundo:
interrumpes el misterio de los palacios
y allí, ellos consternados cierran los ojos,
y expectoran en lo que tú podrías ser.
Para tu confesión con
el lamento,
hay un postulado de tiros al blanco:
el estómago deshabitado de las cucharas
puede corroer los barrotes del universo,
y estandarizar el oro y el cristal de las lámparas.
Y como el péndulo que
lengüetea la brisa,
para ti, sólo hay lo que hubo:
un gran silencio
y eso es todo. |