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Canadá es un frágil
acantilado,
donde la nieve encrespa su filo de espuma,
y como una enredadera esculpe su harina
sobre la bondad de la grandiosa tierra.
Toda la clorofila, con su
escalera verde,
como una esmeralda se queda distante,
y el marfil acude con su rodada dentadura
a dirigir la formación confidencial del día.
La luz alza mi sonrisa.
Amo la soledad de estas tierras;
su silencio de catedral amarilla
guarda en su rota garganta invernal,
un elástico tambor de piedra y polvo,
y agrega a mi origen de arcilla
la paz que por un momento olvidé.
Soy libre entre su suave poncho
blanco:
sueño con su horizonte que se desgrana
olvidando la frontera que cuelga de la lluvia. |