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En la noche,
cuando el insecto en su tugurio
incuba su dominio
y levanta su espada sangrienta
como una chispa de fuego;
el labrador de extraño origen,
que olvidó el pasaje anónimo del relámpago,
hasta la orfandad de su oficio,
hoy eleva las exequias de un afónico tambor.
Y el hombre que, hecho navío,
subió el peldaño del agua
y navegó de gota en gota
por las escaleras de los ríos,
mucho antes que los metales taladrados
por el ojo crepuscular de la vida
enterraran sus tactos metálicos
en la conmovida aptitud del discernimiento,
y que la invención de los puntos cardinales
y la amarga teoría de las cucharas,
redujeran a un fracturado púlpito
que se desfoja en la llanura
la impávida inteligencia humana:
El hombre,
hecho dolor,
hoy adquiere la afonía de una campana rota
y al igual que las hojas
que caen decapitadas,
se duerme sin tener respuesta
de dónde está la libertad. |