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Hasta el naufragio
de la lámpara rota
trae la voluntad del agua,
y deja al tacto,
que, vencido por otros metales,
alcance la calma del agua
que mis ojos no pudieron tocar.
Y antes de partir,
al cerrar la ventana,
suspende mis alas muertas
en las desoladas paredes del viento,
y al eco
que mis pasos dejaron,
cuéntale los misterios del alba
y háblales de la paz.
A ellos,
diles que no estoy,
que salí de viaje. |