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Entre la uña del relámpago
inmerso en el manifiesto de los campanarios,
con sus racimos de copa,
temblor y fuego,
el hombre,
frágil y navegable,
invasor e invadido;
el ciclo límite de la vida,
el emperador del espacio incalculable;
la temperada materia superior del universo,
cae como caen los pistilos,
cierra los ojos
y se va.
Allí,
donde la liturgia de las campanas
con sus clítoris pendulares
se revuelca en el aire;
el primogénito de la arcilla,
que no requirió un alfarero de arte mayor,
el hombre que le otorgó identidad al firmamento;
él, que es todo lo que se puede ser
en la frágil alzada de la vida,
vive bajo el terror de otra aurora,
como la estancada impotencia
de un río descuartizado,
o la arquitectura inconclusa
de un complejo circuito. |